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Jueves, 10 Enero 2019 19:32

Hoy se cumplen 20 años del estreno en HBO de 'Los Soprano', la serie que crece con nosotros.

Escrito por  Publicado en Los Soprano (The Sopranos)

Pequeño GRAN homenaje a una de las MEJORES SERIES DE TODOS LOS TIEMPOS.

The Sopranos es quizás la mayor obra de la
cultura popular americana de los últimos 25 años”
(New York Times)



El capítulo piloto de la serie de HBO se emitió el 10 de enero de 1999. Hoy sigue siendo una de las mejores series de todos los tiempos.

Tony Soprano es, aparentemente, un padre de familia normal y corriente con los mismos quebraderos de cabeza que la mayoría de la gente: dos hijos problemáticos, una relación matrimonial que ya hace tiempo que no pasa por su mejor momento, una madre controladora y autoritaria, etc. Lo que ya no es tan normal es su manera de ganarse la vida: Soprano es el jefe de una de las principales bandas mafiosas de New Jersey.

La dificultad de ejercer de jefe de las dos “familias”, el estrés y las presiones conjuntas de estos dos mundos hacen que empiece a sufrir depresiones, crisis de ansiedad y desmayos, y finalmente decide buscar ayuda psicológica de manos de una especialista, pero debe hacerlo a escondidas porque si sus colegas mafiosos lo supiesen su imagen quedaría muy maltrecha.

The Sopranos no es una serie sobre la mafia, o al menos no exclusivamente. De hecho, su creador y productor David Chase ha afirmado que está basada en su experiencia personal: igual que Tony Soprano, Chase también tiene ascendencia ítaloamericana (su apellido real es DeCesare), creció en New Jersey, tenía una relación tempestuosa con su madre y también terminó yendo al psiquiatra. Si a todo ello le añadimos el hecho de que desde muy pequeño estaba fascinado por el mundo de la mafia, podremos entender buena parte de los motivos que le llevaron a crear esta obra, que en principio debía ser sólo una película.


La serie, pues, no se queda simplemente en un retrato del mundo mafioso, sino que va más allá y entra en temas como por ejemplo la doble moral de nuestros tiempos; Carmela Soprano, por ejemplo, sabe perfectamente a qué se dedica su marido y en el fondo no le gusta, pero por otra parte no le parece mal porque le permite disfrutar de un nivel de vida que de otra forma quizás no sería posible. El tratamiento de la complejidad del carácter humano también es muy destacable, como por ejemplo en el caso del personaje de Christopher Moltisanti, sobrino de Tony Soprano, que en un ataque de rabia puede apalizar a su novia brutalmente pero después arrepentirse y pedirle perdón llorando con toda su alma, porque realmente lo siente. O Paulie Gaultieri, uno de los miembros más despiadados de la banda pero que a la vez siente una devoción absoluta por su madre. Vemos a asesinos sin escrúpulos, pero también a personas con sus miedos y debilidades, que tienen una vida normal fuera de su vertiente mafiosa. En The Sopranos, igual que en la vida, no hay nadie exclusivamente bueno ni exclusivamente malo. El yin y el yang: ni blanco ni negro, sino toda la gama de grises intermedios.


Para dar vida a unos personajes tan complejos, es imprescindible contar con un reparto de actores que esté a la altura, y la verdad es que se ha conseguido con creces. Las interpretaciones son extraordinarias como pocas, y absolutamente todos los actores, por muy secundarios que sean, destacan en sus papeles; incluso hay momentos en que llegamos a confundir ficción y realidad, y cuesta creer que lo que estás viendo en la pantalla son actores que cuando termina el rodaje vuelven a su casa. En este aspecto destaca por encima de todos James Gandolfini, eterno secundario en el mundo del cine, y que sin duda es un caso como tantos otros que ya hemos comentado en otros artículos: a partir de ahora ya no le podemos imaginar haciendo nada más. Gandolfini es y será siempre, dentro del imaginario colectivo, Tony Soprano.


Después de ver el episodio piloto ya no nos podemos imaginar a nadie más haciendo este papel. Su interpretación es tan perfecta que muchas veces no parece ni que tenga una cámara delante, sino sencillamente que somos espectadores privilegiados de su vida. Cuando termina la serie, lo hemos visto vestido con americana y corbata, con un batín y zapatillas saliendo a buscar el periódico por la mañana en la puerta de su casa, practicando sexo con sus amantes, discutiendo con su mujer, regañando a los hijos, llevándolos a colegio, desnudando su alma con la psicóloga, rompiéndole las piernas a cualquiera que no haya pagado lo que debe, matando a quien convenga aunque forme parte de su clan, e incluso sentado en el retrete con un dolor de barriga brutal. Pensemos un momento a cuántos amigos hemos visto en todas estas situaciones...


The final shot of Tony Soprano in

The final shot of Tony Soprano in "Made in America". (Photo credit: Wikipedia)

Pero además de las interpretaciones, de la música (grandes éxitos perfectamente integrados en las imágenes) o del guión, ¿qué hace que The Sopranos sea tan especial? ¿Es exagerada la afirmación del New York Times? Dentro del concepto de “cultura popular” se engloban no sólo series de TV, sino también libros, cuadros, esculturas, películas, comics, música, y en general cualquier forma de creación artística. ¿The Sopranos es superior a todo esto? No se puede afirmar ni negar porque para poderlo hacer deberíamos conocer todas estas creaciones, y evidentemente eso es imposible.


Pero esta serie cuenta con una ventaja clave, que es el tiempo que tenemos para poder disfrutarla. ¿Cuánto habéis tardado en leer el mejor libro que recordáis? ¿Y en mirar vuestro cuadro o escultura preferidos? ¿Cuánto dura la mejor película que habéis visto en vuestra vida? ¿Y la mejor canción que habéis escuchado? En todos estos casos estaremos hablando de minutos, de unas cuantas horas a lo sumo. En el caso de The Sopranos estamos hablando de 86 capítulos de casi una hora de duración; no estamos acostumbrados a poder disfrutar de una obra de tantísima calidad durante tanto tiempo, y ello evidentemente juega a su favor (y al nuestro, porque el placer que obtenemos también se multiplica).

Christopher Moltisanti

Christopher Moltisanti (Photo credit: Wikipedia)

El tiempo de que disponen los guionistas de las series para explicar la trama es una ventaja extraordinaria respecto al cine, que debe despachar las historias en dos horas. Esto es más evidente que nunca en el caso de The Sopranos. Como decimos en el título del artículo, esta es una serie que crece con nosotros, y los personajes de la pequeña pantalla también crecen y se desarrollan a nuestro lado. Un ejemplo clarísimo es el hijo de Tony Soprano, que cuando empieza la serie es un chaval gordito y tímido, y cuando termina es un adolescente alto y delgado con un montón de conflictos y traumas. El hecho de haberlo visto crecer hace que de alguna manera nos lo sintamos un poco nuestro, y cuando en la última temporada sus problemas llegan a un punto crítico, no podemos evitar sentir lástima por él porque sabemos las razones que lo han llevado hasta aquí, conocemos sus preocupaciones, todo lo que ha sufrido a lo largo de estos años que hemos compartido nuestra vida con él. Todo esto no sería posible en el cine: es imposible que la experiencia vital de Anthony Jr. nos llegue tan dentro sólo en dos horas.


A medida que pasan los capítulos y las temporadas los protagonistas se van metiendo en nuestro interior, los vamos conociendo, aprendemos a quererlos o a odiarlos igual que si formasen parte de nuestro día a día. Es una serie que de alguna manera nos cambia, es como una gota de agua que va cayendo encima de un tablón de madera y va penetrando, y cuando termina no somos los mismos que cuando empezó. ¡Ni se os pase por la cabeza saltaros un episodio! Unos nos gustarán más y otros menos, evidentemente, pero incluso los capítulos más flojos contribuyen a ir dejando ese poso que hará que el recuerdo que nos deje la serie sea imborrable.


 

Volviendo a la afirmación del New York Times con el que encabezábamos este pequeño gran homenaje, y aunque no podamos afirmar ni negar si tiene razón, lo que es indudable es que The Sopranos ocupa un lugar destacadísimo no sólo en el mundo de la televisión, sino de las creaciones artísticas de la historia; podríamos decir que es para las series del siglo XXI lo que fue The Godfather (El padrino) para el cine de los años 70, en lo que se refiere al lenguaje y al estilo.

Más allá de la enorme calidad técnica en los aspectos de producción, la interpretación de todos y cada uno de sus actores, la selección musical, el guión insuperable, etc., podría decirse incluso que ha facilitado las cosas para el éxito de otras series que se han emitido después. David Chase (creador también de la excelente Northern Exposure –conocida aquí como Doctor en Alaska–) se encarga de demostrarnos con series como éstas que puede hacerse televisión de altísima calidad.

Se ha afirmado que las series de televisión son el instrumento de difusión de cultura más importante de nuestros tiempos; esto es tan cierto que casi parece mentira que por un mismo aparato puedan aparecer obras maestras como ésta y mierdas absolutas como las que vomitan diariamente cadenas que todos conocemos. La decisión, como siempre, es de los espectadores. Pero lo que sí está claro es que, si aún no habéis visto esta serie, os estáis perdiendo una cosa importante en vuestra vida. Estáis avisados.


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