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Martes, 25 Octubre 2016 15:34

"Oh, Jerusalén", de Dominique Lapierre y Larry Collins, Ed. planeta

Escrito por  Publicado en El simple arte de leer
Capote photographed by Carl Van Vechten, 1948

Image via Wikipedia

Puede que Truman Capote inventara la no ficción o no: él mísmo siempre dijo (después de haber dicho que A sangre fría era la primera novela de no-ficción) que su primer texto de no ficción fue "Se oyen las musas".

 

Pero lo que sí demostró la publicación en libro de A sangre fría después de que el New Yorker la publicara por entregas es que publicar reportajes novelados, novelas periodísticas o como quiera llamárselos - y creo que A sangre fría es algo del todo diferente- era no sólo rentable, sino que podía ser un filón, como demostraban los 15 millones de ejemplares que se colocaron en todo el mundo. Estamos en 1966; a Norman Mailer no le temblará el pulso para facturar La canción del verdugo y Los ejércitos de la noche, Tom Wolfe nos dará su Lo que hay que tener ( elegidos para la gloria) y un largo etcétera llegará hasta hoy con títulos como El librero de Kabul.

Por aquella época, dos avispados reporteros de Paris Match, un francés y un americano, se liaron a hacer novelas sobre grandes acontecimientos históricos, personajes reales, drama, emoción, tragedia... y rompieron las listas de éxitos.

A su favor hay que decir que el producto final es dignísimo, nada que ver con algunos superventas que nos tenemos que comer hoy; eran, además, libros con un gran trabajo de investigación detrás. En el que nos ocupa, tres años de entrevistas con árabes y judíos, consulta de documentos no públicos - ¡ los diarios de Ben Gurión!- asesoramiento por parte de expertos militares y diplomáticos y una bibliografía de tres páginas. Lo que narra es uno de los dramas mayores de nuestro tiempo: el asombroso nacimiento del estado judío, la partición de palestina y el desastre de su gestión por parte de las grandes potencias, en especial la hasta entonces potencia ocupante Gran Bretaña. Hay un intento de ecuanimidad muy digno de respeto, si tenemos en cuenta que la opinión del mundo en 1971 era muy distinta a la opinión del mundo hoy. Lapierre y Collins no tratan de escribirnos un western de buenos y malos y nos muestran la feroz y desesperada lucha de dos movimientos nacionales que buscaban - y buscan- destruirse el uno al otro, aun cuando los sionistas fueron mucho más pragmáticos, como demuestra la fenomenal frase de Ben Gurion al empezar la Segunda Guerra Mundial: Ayudaremos a los ingleses contra Hitler como si el Libro Blanco no existiera y combatiremos la ocupación inglesa como si Hitler no existiera.

Pero más que un tratado de historia o política internacional - aunque contiene datos muy interesantes hoy olvidados, como la oposición del Secretario de Estado Marshall a la proclamación unilateral del Estado de Israel, o los intereses proárabes de Gran Bretaña tratando de asegurar el flujo de crudo- es una novela, y Lapierre y Collins tratan de narrarnos el drama histórico desde la cotidianidad, desde el hombre y la mujer corrientes y no ahorran las atrocidades, las acciones terroristas de uno y otro bando - excepcional el recuerdo del voluntario del Irgún que no pone una bomba más desde el momento que ve la cara de estupor de los árabes que esperan tranquilamente el autobús a los que arroja la última- las matanzas de Deir Yassin - a manos judías- o la Hadassa - a manos árabes-; pero tampoco los momentos de nobleza y heroísmo de los dos adversarios, como el comportamiento exquisito de la Legión Árabe en la evacuación de los heridos o la emoción que los legionarios sienten al ver cómo los soldados judíos se juegan la vida al desafiar el fuego de artillería para recuperar a sus muertos y heridos. Incluso hay una escena homérica: la entrevista del noble Abdullah Tell y el hedonista David Shaltiel, comandantes respectivos de árabes y judíos enfrentados por Jerusalén para fijar la línea del primer alto el fuego. Si sus líneas llegan hasta aquí - dice el árabe- ¿ Dónde están sus fortificaciones? Y Shaltiel, el hombre al que probablemente menos le guste la guerra de todos los que aparecen en la novela, responde Nuestras fortificaciones son nuestras camisas manchadas de sangre, algo que emociona tan vivamente a su enemigo que le concede fijar la línea de alto el fuego allí mismo.

 

Pero también está la tozudez de Ben Gurion mandando a su ejército sin armamento a conquistar Latrun en tres ocasiones, sufriendo tres espantosas matanzas ante el asombro árabe - el primer ataque, con el batallón de inmigrantes recién llegados a Haifa, reclutados, montados en camiones y que aprenden hebreo en tres días para entrar en combate, pone los pelos de punta- que les lleva a comprender con que determinación desean también los judíos Jerusalén, un símbolo más que una victoria estratégica, la ciudad tres veces santa y tres veces maldita, irrenunciable aunque los egipcios estén a sólo 35 kilómetros de Tel-aviv. O la escena en la que el último Alto Comisario británico Cunningham le dice a Golda Meir que ha oído que tiene a una hija en un kibutz del Neguev y le ruega que la haga volver de allí porque está muy expuesta al ataque egipcio y la Meir responde que si ella hace volver a su hija, todas las madres lo harían y no habría Estado al que defender.

 

O mi escena favorita, en apariencia absurda pero que en realidad demuestra lo absurda que es la lógica de la guerra: en pleno sitio del viejo barrio judío, el cobrador árabe de alquileres se presenta allí dentro a cobrar las contribuciones y los soldados de la Haganna no sólo lo dejan pasar sino que nadie osa tocarle un pelo ni deja de pagarle el alquiler.

 

Podría seguir con muchos detalles de este remarcable libro de no ficción o de no ficción novelada sobre uno de los conflictos más duraderos y feroces que asolan el mundo - se la ha llamado la segunda guerra de los cien años- pero diré cual es el mejor elogio que puedo hacerle: en cuanto pude compré otro libro de Lapierre y Collins, Esta noche la libertad, sobre la independencia de India. No sé por qué pero me parece que David Lean habría hecho películas maravillosas con estas novelas.


Comentarios (2)
  • jero a sango
    Muchas gracias. Me da ánimo para continuar. Capote es el amor de mi juventud: siempre quise escribir lo que escribió él.
  • Sango
    Genial reseña, está claro que amas a Capote...leí tus otras reseñas. Sigue así, queremos leerte

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