Publicidad
Martes, 07 Abril 2015 07:15

Reseña de "Siete casas en Francia", de Bernardo Atxaga, Alfaguara.

Escrito por  Publicado en El simple arte de leer
Bernardo Atxaga (IV)

Image by El Humilde Fotero del Pánico via Flickr

Empecé la lectura de Siete casas en Francia con mucho interés. Hacía tiempo que iba detrás de Atxaga, del que había oído muchas cosas y todas buenas.

Sin embargo, a medida que avanzaba en el libro iba en aumento la insatisfacción, que obligaba a un repaso de trama, personajes y demás enseres para averigüar qué era lo que no funcionaba. Todo parecía correcto, pero el malestar no se disipaba. Hasta que caí en la cuenta de que precisamente la corrección era lo que fallaba.

Siete casas en Francia produce el mismo malestar que siente el maestro de un alumno brillante cuando advierte que el trabajo que este le presenta es por un lado irreprochable y por otro no cumple ninguna de las expectativas que el talento del alumno generan, como si lo hubiera hecho por compromiso y con el piloto automático puesto, convencido de que su talento le salvará del trámite sin demasiados moretones y magulladuras.

Por hacerlo corto, ni las tripas ni el corazón se las ha dejado Atxaga en esta novela y, aunque entiendo que son sus tripas y su corazón y puede hacer con ellos lo que quiera, produce cierto rencor encontrarse ante una novela de alguien que es muy, muy bueno y advertir que podría haberla escrito o no, que no suma ni resta al conjunto de su obra, que no es un acierto pero tampoco un fracaso fruto del intento de abandonar caminos conocidos. Que, en resumen, es lo mismo que fichar en la oficina o hacer un inventario.

La anécdota nos explica cómo Chrisostome Liége, de Britancourt, tan beato como mortífero, llega a Yangambi, una avanzada del progreso a orillas del río Congo, cuando el Congo y sus seres vivos, incluyendo a los que caminan sobre dos piernas, pertenecían a Leopoldo II de Bélgica, como si fueran parte de su ropa interior, y altera la vida del destacamento militar bajo el mando del capitán y poeta Lalande Biran, un ambiguo personaje que se nos pretende fascinante. Su prodigiosa puntería despierta los celos - no queda claro qué es lo que despierta los celos: si no tener la puntería, en cuyo caso sería simple envidia, o el no obtener el reconocimiento por parte de Lalande Biran, lo que sería más interesante- del segundo al mando, el grosero y alcohólico Richard Cocó Van Thiegel, a su vez socio de Biran en un asunto de contrabando de caoba y marfil.

Si aceptamos que Van Thiegel está enfadado, como Yago, por la preferencia que parece mostrar Biran - Otelo- por Chrisostome - Casio- y advertimos que no tiene una Desdémona a mano, entendemos el por qué inicia y propaga el rumor de que Chrisostome es marica, esperando así destruirlo. Agradezco a Atxaga que me haya facilitado un ejemplo que andaba buscando desde que leí Shakespeare, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa y el buen príncipe decía allí que Yago era un personaje vulgar, típico de cualquier destacamento militar del mundo, el chusquero que no perdona el talento ajeno o los ascensos de los otros. No estuve de acuerdo y Van Thiegel me da la razón. Van Thiegel no es Yago porque carece de la bella e implacable arma de destrucción masiva que Yago atesora: la palabra. Es vertiendo sus palabras en los oídos de Otelo, como en una copa el veneno, como Yago consigue la destrucción de Otelo y de Casio, quedando incluso sorprendido del poder de sus palabras, que llevan a Otelo a pronunciar la frase más desconcertante de toda la obra . "Oh, Yago. Eres mi espejo." Cuando Yago destruye todo lo que tenía que destruir, calla y muere - "Lo que sabéis, sabéis. A partir de aquí no diré palabra." Las palabras de Van Thiegel no consiguen nada y en lugar de ejercitarlas se emborracha, fanfarronea y se destruye a sí mísmo, sin ser causa, al menos directa, de la destrucción de los demás. Me gustaría dejar claro que no considero esto un fallo de Atxaga, pues él no pretende que Van Thiegel sea Yago. Si menciono todo esto es por la alegría de haber encontrado un ejemplo para mi argumentar mi opinión sobre Yago ante el buen príncipe, allá donde esté.

La acción, que se pretende de relojería, es en verdad más gaseosa y morosa, sin que las causas deban llevar a los efectos a los que llevan: es una tragedia de la que alguien dejó los nudos flojos. Tal vez porque es como esas salidas en falso de los porteros al área pequeña, cuando no se han decidido de verdad a salir o a permanecer bajo los palos, y que tantos goles cuestan. Siete casas en Francia no tiene el despojamiento ni la contundencia necesarias para ser una novela corta conradiana, ni la enjundia o la paciencia para explorar todos y cada uno de los caminos que propone y llegar así a ser todo un novelón de aventuras a la vieja usanza. En cuanto a la elección del narrador, una voz impersonal y ajena a los hechos, sí me parece errónea, pero creo que esto se debe más al peso del gran acierto que tuvo Conrad con su Marlow, así que entonces Atxaga hace bien o por lo menos es astuto al eludirlo. Como véis, dudo.

En resumen: una buena novela de factura irreprochable, aseada, limpia e indolora, que lo hace todo tan bien y con tan poco esfuerzo que está como en otra parte, creando la desazón que podría crearnos una mujer - o un hombre, si preferís- bella que está con nosotros pero advertimos que no nos escucha.

 


Comentarios (0)

Escribir comentario

Publicidad
Publicidad

Más contenido exclusivo en Facebook: ¡Únete!

Últimos comentarios