Martes, 13 Abril 2010 22:42

Adiós A Malcolm McLaren

Escrito por  Publicado en R.I.P.

Fuente: www.elpais.com

Malcolm McLaren, ilustre agitador cultural, legendario manager de los Sex Pixtols y los New York Dolls y ex pareja de la diseñadora Vivian Westwood, ha fallecido hace escasos dias en Nueva York a los 64 años víctima de un cáncer de pulmón. "Llevaba enfermo una temporada y aunque había recuperado la salud, su condición empeoró muy deprisa. Murió en Nueva York esta mañana. Vamos a trasladar su cuerpo a Londres y lo enterraremos en Highted Cementery" declaró su portavoz Les Molloy. Con 64 años, desaparece uno de los personajes más extraordinarios producidos por el pop británico, en su vertiente extramusical. Condenado a la ignominia por su papel en la breve vida de los Sex Pistols, Malcolm supo recuperarse y desarrollar brillantes intuiciones.

Fue abandonado por su padre a los dos años y críado en los suburbios de Londres por su abuela, Rose Corre Isaacs, una mujer de origen judío sefardí que siempre le decía de pequeño "es bueno ser malo y es malo ser bueno", una frase que sin duda le quedaría impregnada en el adn y después llevaría a la práctica en sus años punks. McLaren vio con claridad el filón popular que podía tener ese género musical que se cocinó en Nueva York en los primeros setenta con grupos como The New York Dolls pero que alcanzó su máximo apogeo con The Sex Pistols.

No obstante su entrada en la música le llegó por vía de la moda. En el año 1971 abrió una boutique en Londres junto a su pareja de entonces Vivian Westwood que bautizó Let it Rock. Allí vendían los diseños de su atrevida compañera, que después sería esencial en la creación del look punk. En un viaje a una feria de moda conoció en Nueva York a la banda The New York Dolls se ofreció a ser su manager. Rebautizó su tienda Too Fast to Live Too Young to die y comenzaron a vestir a The New York dolls con sus diseños aunque la banda estaba casi en su último estertor y su trabajo como representante duró poco, hasta 1975.

Ese mismo año un encuentro fortuito crearía una de las alianzas más fructíferas de la música. El asistente de McLaren se encontró por la calle a John Lydon, con el pelo verde y una camiseta del grupo Pink Floyd sobre la que había escrito I hate (yo odio) y se lo llevó a la tienda de McLaren, rebautizada como SEX. Lydon por aquel entonces tenía una banda llamada The Strand. Tras conocer a McLaren, Lydon convirtió en Johnny Rotten y su grupo en The Sex Pistols. Juntos no sólo hicieron célebre la primera hornada del punk británico.

El papel de McLaren fue esencial en el éxito de esta banda que reinó en el movimiento punk británico y cuyas actuaciones siempre estuvieron rodeadas de controversia. McLaren fue precisamente el que ideó en aquel año 1977 un concierto sobre el Tamésis frente al House of Parliament coincidiendo con el jubileo de la Reina de Inglaterra y al que decidió llamar God Save the Queen . La provocación fue demasiado fuerte. Por supuesto, el barco fue ocupado por la policía y McLaren arrestado.

Descendiente de industriosos judíos, ejerció de rebelde en el seno de su familia y en las instituciones educativas por las que pasó. Influido por los textos de los Situacionistas franceses, buscó las formas de tocar los puntos sensibles de una sociedad demasiado predispuesta a escandalizarse. Su labia fue capaz de convencer a unos New York Dolls, ya en declive, para que se vistieran con trajes de cuero rojo, actuando sobre el fondo de la bandera de la hoz y el martillo. Pocos se enteraron de tal jugada, pero Malcolm perfeccionó sus técnicas de manipulación con un cuarteto formado por chavales proletarios que rondaban alrededor de su tienda.

No le preocupaba tanto la música como la posibilidad de crear un ariete contra una Inglaterra particularmente sensible a las provocaciones. Lo consiguió, convirtiendo a los Sex Pistols en figuras de odio en el año del Jubileo de Isabel II. El plan funcionó mejor de lo esperado: extrajo grandes cantidades de dinero, en concepto de adelantos, a dos discográficas, antes de fichar con Virgin, el sello de Richard Branson. Sin embargo, no se preocupó del bienestar de aquellos músicos, que finalmente se rebelaron tras una delirante gira por Estados Unidos. El más inteligente, entonces conocido como Johnny Rotten, se sintió explotado por su Dr. Frankenstein y le llevó a juicio, ganando por goleada.

Había lanzado un movimiento social de largo recorrido, el punk, aparte de desmitificar el negocio musical con una película lúcida, El gran timo del rock and roll. Pero no había podido rentabilizar su reto: intentó repetir la jugada con otro grupo teledirigido, Bow Wow Wow, donde combinaba el erotismo de una cantante menor de edad, los tambores de Burundi y la invitación a hacerse con la música gratuitamente (entonces, vía casetes). No le funcionó pero un discípulo, Adam Ant, que le había pagado por unas horas de consulting, sí supo vender aquellos ritmos.

Sintiéndose rechazado en Inglaterra, se trasladó a Estados Unidos, donde inmediatamente comprendió la revolución conceptual del hip-hop. Sacó esa música del Bronx, llevándola a viajar. El disco resultante, ya bajo su nombre, fundía los hallazgos del rap con músicas africanas y de los montes Apalaches. Había allí una infinidad de sugerencias, luego triunfales en la world music o en el hip-hop global. Pero su tendencia a robar ideas ajenas -otra muestra de su poder de anticipación- le retrató como un explotador sin escrúpulos. Sus posteriores aventuras musicales fueron ocurrencias ingeniosas que materializaban los mejores expertos, como modernizar arias, valses o melodías que evocaban París.

Intentó ponerse al timón de unos incipientes Red Hot Chili Peppers, que obviamente rechazaron semejante OPA. Trasladó sus esfuerzos al cine, que resultó un mundo más difícil de penetrar que el musical. Con el tiempo, adquirió un perfil de buscavidas, dispuesto a implicarse en publicidad, reality shows o -fugazmente- la política, con un plan de apoderarse de la alcaldía de Londres. En España, se le pudo ver hace poco animando la campaña de una famosa ginebra. Sin embargo, era demasiado brillante para confundirle con un perdedor. Su capacidad para evocar anécdotas, reivindicar su protagonismo y señalar tendencias le convertía en un entrañable pieza de Historia cultural.

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