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Jueves, 27 Junio 2019 12:52

El vacío, la soledad, la nada y el yo.

Escrito por  Publicado en PENSAR , Psicología para amiguetes, Metafísica, Filosofía(s)

Tarde o temprano tendremos que dar el gran paso vital: ser NOSOTROS MISMOS, lejos de lo que OTROS nos han inculcado.


Y digo poner de nuestra parte porque hay que implicarse y responsabilizarse para que eso suceda. La suerte no intercede por nosotros. La mala suerte no nos ataca cual verdugos crucificando a sus víctimas. Eso significa darse cuenta, responsabilizarnos de nuestros actos. Y frente a eso, tendremos que asumir nuestras dificultades y ser totalmente conscientes de nuestras decisiones.

Dificultades para darnos cuenta hay mil. Para unos, los pensamientos son fáciles de tener: dicen que son espontáneos de entrada, pero quizá habría que revisar si, en realidad, no han sido ya prefabricados... “Yo sé estar solo”, "Yo sola puedo", “Yo estoy contigo”, “vivo el presente”.... En definitiva… “Yo soy / yo estoy”. 

Para otros, no tanto. A otros les cuesta más verbalizarlos. Y a otros, incluso sentirlos.

Pero sin duda, lo más difícil es que seamos certeros, reales y conscientes de todo lo que podamos, incluidas nuestras fachadas. Y claro, hay que poner mucho de nuestra parte porque asumir nuestra propia máscara es, en principio, algo doloroso. No digamos ya aprender a quitárnosla.

Y digo a la única persona que nos acompañará toda la vida para remarcar claramente que muchos de nosotros, en algún momento de nuestra vida, nos creímos lo que vendía la sociedad: un modelo de relación, ya sea matrimonial o filial, eterno y dependiente. Una falsa seguridad que además le ha regalado nuestra felicidad (de una manera confusa y borrosa) a las aleatorias manos de otros.

Ahí, para muchos, empezaba a nacer el miedo a estar presente (contigo mismo, en el aquí y ahora). Un confuso miedo que se enmascara tras casi todos los seres humanos, en nuestras acciones, en nuestras dialécticas... En definitiva, tras nosotros mismos. Y era un miedo a la presencia y a la consciencia que pudimos (mal)entender como miedo a estar solos, entre otros.

Entre eso, lo que nos dijeron o vendieron, la presión del "éxito" y el status, lo socialmente establecido, mezclado con el claro deseo de intimar con otro ser humano, las ganas de compartir, de amar y ser amados y sobretodo con una falsa cultura que sólo pretende vender entradas (Hollywood, Disney, novelas románticas...) se creó el cóctel molotov de la soledad. 

En cualquier caso, somos, de una u otra manera, seres sociales. Así que muchas veces nos escudamos en esa necesidad humana de relación para evitar estar con nosotros mismos. Y el miedo al vacío (estar con nosotros mismos cuando no sabemos ni quienes somos ni qué queremos) se enmascara con todo tipo de miedos. Pero por encima de todos los miedos, tenemos miedo a la soledad, a vivir el vacío, a la entrega de nosotros a nuestro ser: miedo a vernos en el espejo de nuestra realidad, forjada a base de decisiones erróneas y falsas creencias.

Si dejamos a un lado todo lo que nos han embutido de forma interesada, dejaremos de vernos como lo que creemos ser o nos han hecho creer que somos. Si desaparece esa imagen que tenemos de nosotros mismos, claro que traerá dolor, pues veremos el vacío como un peligro salvaje. En soledad, hay muchas posibilidades que nuestras cosas ocupen “demasiado” tiempo mental o emocional. ¡Y qué peligroso es pensar! ¡Qué peligroso es ser consciente! ¡Qué peligroso es ser nosotros mismos!

Bien, aparece el miedo. Algunos hasta lo negamos. Pero si no lo afrontamos ahora, nos traerá peores conflictos a resolver más adelante: matemática psicológica. Ahí estaremos durante otro buen tiempo, engañándonos sin sentir ese miedo que tanto miedo nos da, aprobando nuestros mecanismos para no ser conscientes y no estar presentes. No queremos ver el miedo y creemos ser valientes. Qué le vamos a hacer, somos naturaleza humana: con miedo, con su negación, con su alegría, con sus emociones, altos y bajos, extremos, polaridades, con nuestras contradicciones adversas e inversas (valga también ese juego de palabras)…

Y no está bien ni mal. Simplemente somos humanos. Reaccionamos de forma extraña y compleja ante lo que podría ser más fácil (y mejor) para nosotros mismos. Vivir en libertad, siendo nosotros mismos de verdad, y con la responsabilidad de nuestra propia vida, sin condicionantes ni intereses internos ni externos. Solo nosotros y nuestro vacío a llenar. Nuestro mundo idílico encima de la mesa y nosotros siendo esclavos de nuestros pensamientos, de nuestras creencias y asumiendo creencias que nos han inculcado la familia, los educadores, incluso nuestros peores enemigos… intentado sobrevivir en este mundo de locos, sin vivir ni sentir demasiado porque somos así, somos seres maravillosamente imperfectos. 

Por eso, por nuestra imperfección, no queremos enfrentar algunas cosas y nos autoengañamos constantemente, porque nos cuesta un horror entrar a enfrentarnos con nuestro vacío existencial, el lugar donde todo debe crecer de una manera consciente. Somos capaces… pero nos complicamos la vida durante un buen tiempo. El vacío, la soledad, la nada… provocan extrañas sensaciones que no queremos sentir. Mejor hacer caso de lo que nos han dicho, y seguir mal acompañados, minimizados, esclavizados en una vida que no es la nuestra.

Sin embargo, no hay salida. Algún día, hartos de perjudicarnos, de ser infelices y de vivir la vida a medias… entraremos en un proceso en el que pretenderemos despertar. Y, si no es demasiado tarde, por fin… ser.


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